viernes, 23 de agosto de 2013

Madrugadas y despertares

Nada tenía importancia y ella lo sabía. Había caminado ya varios kilómetros, pero no le había importado, porque nada tenía importancia. Y por el camino no había sucedido nada, como siempre, nunca sucedía nada en su vida. Nada relevante hacía que su cuerpo se sacudiera por la emoción. Nada la hacía sentirse viva.
Y entonces ocurrió:
Cuando ya creía perder el rumbo de sus pensamientos y caminaba metódicamente apareció un gato en su plano visual. Él la observaba mudo, frío e inmóvil.
No era la primera vez que se había topado con ése gato en concreto, siempre a altas horas de madrugada, cuando ella se cansaba de bailarle a la luna. Y era curioso, porque justo ésa noche en compañía de aquél felino apareció en su mente un nuevo pensamiento, un despertar inesperado. Cayó en la cuenta de que cómo aquel gato era ella, y que solo ambos lo sabían, pues después de todo solo ellos coincidían, solitarios, en el mismo lugar de siempre.



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